8 mar 2012
Del diálogo a la pelea… ¿puede haber algo diferente en el camino?
¿Es lo mismo “discutir” que “pelear”?
En todo caso ¿qué es lo que pude transformar un diálogo en discusión, y ésta en una pelea? Esto es lo que sucede en las situaciones que la terapia sistémica caracteriza como “escaladas”, donde precisamente cada una de las personas involucradas se mantiene rígidamente en su posición, confrontando con la otra, llevando al comunicación a una situación que se asemeja a un espiral y que pareciera no tener fin.
Este temor a que el dialogo se transforme en discusión, y que ésta a su vez se transforme en pelea, lleva precisamente a que en muchas oportunidades…ni siquiera se dialogue. Y ésta falta de práctica y de ejercicio en el diálogo es uno de los motivos de consulta que en gran medida observamos en la atención de parejas.
Entendemos que la terapia vincular, en su modalidad de terapia de pareja, es precisamente la posibilidad de instaurar un espacio de diálogo y comunicación, en principio mediatizado por un tercero (el terapeuta) y ejercitado en una situación específica, pero que luego debe trasladarse al ámbito de la cotidianeidad de los consultantes, transfiriendo a la vida de todos los días la práctica de un diálogo positivo y superador.
15 may 2008
Adolescencia y familia hoy
¿Qué sucede con los adolescentes de hoy y sus familias? ¿Cuál es el lugar que ocupan dentro de ellas? ¿Cómo ejercen los padres su rol en el contexto actual?
Desde nuestra práctica como terapeutas familiares observamos con preocupación que se ocultan determinadas problemáticas, precisamente en el espacio terapéutico, un espacio que se supone debería ser develador y en el que precisamente la palabra, el diálogo, el encuentro, deberían permitir el posicionarnos desde el poder que tenemos para actuar positivamente sobre nuestras circunstancias.
En este sentido, la familia de hoy se ve enfrentada a resolver situaciones ante las cuales, cada vez más, se siente impotente para transformarlas o para operar sobre ellas. Realizando un recorrido sobre nuestra cotidianeidad , escuchamos dificultades en la puesta de límites, con las conductas antisociales, con las adicciones, etc. ¿Qué nos ha ido pasando? ¿Cómo explicamos este debilitamiento gradual y progresivo de las funciones parentales, más específicamente las normativas o de educación?.
La primera reflexión que surge ante estas preguntas, gira en torno a nuestra capacidad de operar o transformar nuestro medio, nuestras circunstancias. Partimos de la base de que lo primero que se necesita cuando se quiere intervenir sobre determinada situación, conflicto ó problema, es poder reconocerlo/a, definirlo/a claramente, verlo/a en todas sus dimensiones. Estamos hablando de la capacidad de definir nuestra realidad en función de lo que “es”, no de lo que “tiene que ser”, ni de lo que “debe ser”, sino de lo que “es”, de lo que nos pasa, tal cual nos pasa. Esto parece sencillo pero cuando se refiere a determinados temas vemos que nos ocurren situaciones paradójicas. Detengámonos por ejemplo ante lo que sucede frente a temas como la sexualidad, las adicciones, etc., en el seno de distintos ámbitos de nuestras vidas (familiar, laboral, de amistades). Verdaderamente hoy por hoy pareciera ser que se ha logrado que se hable de estos temas (sexualidad, consumo de sustancias) con mayor frecuencia, habiendo alcanzado la comprensión (con ya suficiente sufrimiento de por medio) sobre que “lo que se calla nos enferma, nos debilita”, o en otro sentido “lo que no se recuerda se repite”, ó “lo que no se puede decir se actúa”; es así, que la educación sexual forma parte de la mayoría de los diseños curriculares desde el nivel inicial.
Consecuentemente con este avance podemos establecer que en nuestra cultura mayoritariamente está establecido que el hablar de sexualidad con nuestros hijos es “bueno”, que es malo callar; que, para la mayoría de las religiones, para el perdón de las faltas/pecados, es necesaria una confesión previa de los mismos. Pero entonces ¿qué es lo que nos pasa que habiendo alcanzado este gran logro, pareciera que el resultado es contrario a lo esperado? ¿Por qué observamos mayor emergencia de problemas en el desarrollo de la sexualidad, de apariciones de problemas con sustancias, dificultades en el control de impulsos, etc.? Es aquí donde asociamos una cosa con la otra, es decir: es cierto que estamos hablando más de la sexualidad, de las adicciones, pero en general hablamos de “lo que tiene que ser”, de “lo que debe ser”, de lo que es bueno, del modelo ideal en el cuál se deben desarrollar estos temas. Pero a la hora de enfrentarnos con lo que “es”, se nos dificulta bastante más el diálogo. Ó sea: no sólo decimos que frecuentemente en casa podemos hablar de lo que “debe” ser el desarrollo saludable de la sexualidad, sino que también podemos hablar de lo malo que le pasa al otro, o un poco más cerca podemos hablar de lo malo que nos pasa a nosotros o algunos de los nuestros, pero por estar con esos “otros” malos.
Poder hablar de lo que “es”, de “lo que nos pasa”, implica la capacidad de hablar de nosotros mismos con la aceptación de lo bueno y lo malo (aceptación que no significa justificación, sino más bien reconocimiento de nuestra humanidad), sin incurrir en el error de definir la totalidad del ser por una parte de él, reconocida como mala. Pongamos un ejemplo: a un estudiante universitario de óptimo rendimiento académico, con una relación de pareja estable, deportista, con una familia de origen bien constituida, y que fuma marihuana todos los fines de semana, un gran sector de nuestra comunidad concordaría en afirmar que este muchacho tiene un problema con el consumo de sustancias psicoactivas, y otro gran sector no dudaría en afirmar que estamos frente a un adicto, cuya familia es altamente abandónica
y poco continente. Es decir que frente a la aceptación de una disfuncionalidad en una parte de nuestro ser, se define nuestra totalidad únicamente a través de ella, generando la inclusión del sujeto dentro de grupos fenoménicos (en este ejemplo: de adictos), y la consecuente asignación de todas las características del grupo a este sujeto particular.
Definida en estos términos nuestra realidad, vemos que no es propicia para el surgimiento del diálogo acerca de nuestras partes disfuncionales, malas; si éstas son reconocidas generalmente lo son en el afuera y no en el adentro.
Comprendemos entonces la enorme distancia que vemos que existe entre el mundo vivenciado por nuestros adolescentes en su medio, y el que se dice que se vive en el ámbito familiar.
Resumiendo: creemos que tenemos una gran dificultad para hablar de lo que nos pasa integralmente, con la aceptación de lo bueno y lo malo, y que esto ocasiona una incapacidad para aceptar muchas veces nuestra realidad, lo que significa consecuentemente un debilitamiento en nuestra capacidad de transformarla, generando un círculo vicioso, en el que se perpetúan nuestras disfuncionalidades.
LUIS GONZÁLEZ
Universidad del Salvador (Buenos Aires), 1983
Matrícula Provincial Nº 0089 (Colegio de Psicólogos de
PROFESOR DE ENSEÑANZA SECUNDARIA NORMAL Y ESPECIAL EN PSICOLOGIA
Universidad del Salvador (Buenos Aires), 1984
Ex docente de
Ex Jefe de Departamento Salud Mental, Hospital Zonal Esquel
Ex Delegado Zonal, Vocal de
Terapeuta Familiar (certificación otorgada por el Centro de Terapia Familiar de
Logoterapeuta y supervisor clínico en el área de
Docente en establecimientos de nivel Universitario (Carrera de Enfermería, Universidad del Comahe, Sede Esquel), Superior (I.S.F.D. Nº 804) y Secundaria (Colegio Nº 713)
JUAN CRUZ BOGNI BARRY
LICENCIADO EN PSICOLOGIA
Universidad de Belgrano (Buenos Aires), 1997
Matrícula Provincial Nº 0242 (Colegio de Psicólogos de
Terapeuta Familiar Sistémico (certificaciones otorgadas por el Centro de Terapia Familiar de
Docente del Instituto Superior de Formación Docente Nº 804
Coordinador de Promoción de
